*Agustín Dellepiane.
En los últimos años se ha vuelto cotidiana una práctica inédita: que los adolescentes accedan a los casinos online, a las apuestas deportivas… ¡y apuesten dinero en juegos de azar! Hay quienes se preguntan: ¿cómo lo hacen si está prohibido para menores de 18 años? Alguien podría contestar con un conocido refrán: “hecha la ley, hecha la trampa”. Lo hacen en la ilegalidad.
Si bien existen páginas oficiales que impiden estrictamente el acceso, también se multiplican las ilegales, que no tienen ningún tipo de control. Ingresan de manera clandestina, envían mensajes instantáneos a “cajeros”, que son amigos, compañeros o adultos que levantan apuestas. Quiero decir, que les dan fichas para jugar a cambio de cobrarles una comisión según el resultado de la partida. Entonces, se nos impone una nueva pregunta: ¿Hacemos bien los adultos en normalizarlo? La respuesta cae de madura: “No”. Hay muchos motivos para decir que no. Vamos a pensar en algunos de los 3 más importantes.
Primero porque con la pubertad se producen grandes cambios a nivel físico y psíquico. Es una etapa de crecimientos, de descubrimientos, de sueños, donde para el adolescente el mundo se expande, se crean nuevos encuentros, pero también es una etapa vulnerable. Françoise Dolto, psicoanalista francesa, utiliza una metáfora sobre langostas marinas que, al perder su caparazón, deben esperar a que les crezca uno nuevo.
Durante este período, quedan desprotegidas y necesitan encontrar refugio entre las rocas para evitar ser devoradas por los depredadores. En los adolescentes, desprenderse del viejo caparazón sería dejar atrás el mundo infantil: un cuerpo, una posición especial respecto al otro, una dependencia casi absoluta, entre varias cosas.
En ese proceso, es normal que se sientan vulnerables y, por ello, busquen refugios: encerrándose en su habitación o uniéndose a la “masa puberal” (compinches, bandas, tribus). En nuestra época se suman nuevas alternativas: aislarse con las pantallas o apostar online. Algunos refugios los contienen, les dan tiempo, les permiten recuperar la enorme energía que gastan en el tránsito de la pubertad. Por el contrario, otros pueden afectarlos severamente en su camino y en su salud mental.
Segundo, porque como se trabaja en el campo de las neurociencias, el cerebro del adolescente está en desarrollo, la corteza prefrontal todavía no ha madurado del todo. Por lo tanto, cuesta más tener un control sobre los impulsos. A su vez, se encuentran más indefensos a la dependencia que producen los sistemas de recompensa.
El exceso de dopamina que se libera al relacionarse con determinadas sustancias o experiencias (en este caso: los juegos de azar) podría esclavizar a los jóvenes en la búsqueda de un placer instantáneo y constante. El psicoanálisis nos enseña que ese goce monótono y directo muchas veces impide el encuentro con un otro y no es raro que aparezca desgano, falta de deseo e insatisfacción.
Las apuestas, si se vuelven compulsivas, pueden derivar en una adicción que produzca problemas para crecer, amar, vincularse, estudiar, hacer deporte o realizar otros hobbies, y complicar la economía personal o familiar.
Tercero, y no menos importante, porque es ilegal. A veces minimizamos la cuestión de que los menores accedan a las apuestas, pero justamente no es un tema menor. La web parece ser un paraíso clandestino donde todo está permitido. Sabemos que el hecho de que infrinjan la ley, y que se los autorice o no sean advertidos por ello, deja una marca y puede abrir un camino a otras transgresiones. Para no promover una omnipotencia que termine afectando el desarrollo, hay que dejar claro que todos estamos expuestos a las leyes y sus consecuencias.
Entonces, si la idea no es naturalizar la situación actual… ¿qué podemos hacer? Creo que es necesario apuntar a la responsabilidad de todos los actores sociales. El Estado brindando leyes adecuadas, tomando acciones en prevención y asistencia y, principalmente, condenando el juego ilegal. La industria del juego cumpliendo las leyes, ni más ni menos. Los padres y las madres acompañando a sus hijos, y los colegios, clubes y otras instituciones tomando cartas en el asunto.
Unos padres me contaban que su hijo de 16 años llegó a robarles ahorros de la caja fuerte para apostar. Con la intención de recuperar lo perdido y que ellos no se enteraran, volvió a apostar con el dinero que le pidió a un usurero. Este, al no recibir el pago de lo adeudado, lo amenazó. Como resultado, el adolescente escapó del hogar.
Cuando lograron encontrarlo y se enteraron de lo que venía sucediendo, los padres pensaron que pagando las deudas y dejándolo en cero iban a resolver el asunto. Sin embargo, poco tiempo después, la situación volvió a repetirse casi de forma idéntica. En esta oportunidad, eligieron otro rumbo y empezaron un tratamiento.
A medida que avanzaban en la recuperación, los padres fueron parte del trabajo terapéutico y fueron cambiando la forma de ver algunas cosas. Se cuestionaron cómo antes lo consideraban maduro para apostar, pero inmaduro para elegir una carrera universitaria, para volverse a la noche de alguna fiesta, para elegir a sus amigos o para opinar sobre cuestiones familiares, políticas y sociales.
Para estos padres se había vuelto una aventura hacer lugar a un hijo que crecía. Por su parte, el joven jugaba a ser grande con las apuestas. Ahora es tiempo de que el juego, en su vertiente lúdica y legal -no compulsiva-, sea instrumento y motor fundamental del crecimiento. Habrá otros caminos para él.
*Psicoanalista especialista en Ludopatía y Tecnodependencias










